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martes, agosto 29, 2006

Padre Nuestro, mío y tuyo...

¿Cómo es nuestra relación con Dios? ¿Oscura, insegura, desconfiada?
¿O quizás alegre, segura, confiada en que Dios es, ante todo, Padre?

El Padre Nuestro (Our Father, Pater Noster, etc), es la oración por excelencia del cristiano y probablemente la que más nos identifica frente a las otras religiones. Cada una de sus líneas está impregnada de un aire y una presencia divina, de Amor, ya que nos la transmitió Jesús, como Dios-Hijo, y de un calor humano inconfundible, por ser Jesús también Hombre.

Esta oración nos muestra como hijos de Dios. Y es la palabra que un hijo le dirige a su Padre, lleno de confianza filial. Y cada petición posee su significado.

Padre Nuestro... este es el más claro signo de que Jesús vino al mundo a dotarnos de la dignidad de hijos adoptivos de su Padre. Él, Dios-Hombre, que bajó a nuestra realidad a perfeccionar la Ley, también viene a perfeccionar nuestra relación con Dios: de un Dios distante y terrible, el rostro del Nazareno nos enseña al verdadero Dios, un Dios Padre, un Dios que, como Creador, nos ama...

...que estás en los cielos... esta frase nos dice que a quien le hablamos es Dios. Los judíos, para evitar profanar el Segundo Mandamiento de la Ley, no decían Yavé, sino que hablaban de Dios diciendo, implícitamente, "el que está en los cielos". Así, Jesús, quien, siendo Dios y Hombre verdadero, estaba educado en las constumbres judías, se refiere a Dios así para mostrar a los apóstoles, con mayor claridad, a quien se dirigían.

...santificado sea tu Nombre... esta es una reiteración del Segundo Mandamiento. Pero ahora nos debemos guiarnos por el miedo de no poder decir "Yavé" o "Dios", sino que podemos decir con toda confianza (y respeto también), "Padre" (Abbà, como lo llamaba Jesús).

...venga a nosotros Tu Reino... aquí Jesús nos expresa que el Reino es la gran obra del Padre, y el deseo de Dios para el Hombre, al cual, debido a la Gracia que Jesucristo nos ha merecido, nosotros estamos llamados a vivir y construir en nuestras vidas y en el mundo.

...hágase Tu Voluntad, así en la tierra como en el Cielo... Dios es Omnipotente. Y Él no desea más que nuestro bien. Así, Su voluntad es que nos salvemos. Pero aún así Él respeta nuestra libertad, por lo que nosotros debemos cumplir la Voluntad del Padre en nuestras obras, por libre albedrío.

...danos hoy el pan de cada día... Este pan es tanto el alimento corporal como el espiritual, la Eucaristía, Jesús presente en medio de nosotros en la Hostia Consagrada. Pero Dios no es un superpanadero, que nos hace caer el pan del cielo, como el maná en el desierto. Debemos trabajar para conseguir el pan y agradecerlo a Dios por ser venido gracias a Su Voluntad.

... y perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden... El perdón de Dios, desde el sacrificio cruento de la Cruz y actualizado en cada Eucaristía en forma incruenta, fluye como un río de Vida hacia nosotros. Pero el perdón de Dios se abre sólo a los que se arrepienten. Dios no impone nada. Y si no nos arrepentimos, Dios no nos perdonará. Y el arrepentirse está de la mano con el pedir perdón.

... y no nos dejes caer en la tentación... esto no debe entenderse como "no nos mandes la tentación". La Escritura nos dice que Dios no tienta a nadie. Es el Enemigo quien "anda buscando a quien devorar". La lucha contra la tentación es personal, pero siempre podemos pedir la ayuda de Dios, que nos mande fortaleza espiritual, y al acercarnos al Santísimo Sacramento, podemos invocar su Gracia.

... y líbranos del mal (del Maligno). Dios es soberano sobre toda la Creación. Y por tanto, tiene poder sobre el Diablo, siendo éste creatura. Dios nunca permite que nosotros seamos tentados sobre nuestra capacidad de resistencia. Nunca podremos ser abrumados por una tentación, si nos acogemos al Padre.

Gracias a la Revelación de Dios hecha en el rostro de Jesús Nazareno y recopilada en los Evangelios, podemos estar seguros de que Dios es nuestro Padre por adopción, ya que sólo Jesús es Hijo de Dios por derecho propio. Pero Él, por medio de su sacrificio en la Cruz, nos devuelve la Gracia de la salvación, y nos da la gracia de ser hijos de Dios. Ésa es la Buena Nueva del Evangelio de Cristo: que Dios nos acoge nuevamente como hijos Suyos. Y siempre que participemos en algún acto litúrgico (es más, en cualquier aspecto de nuestra vida) debemos considerar esta condición nuestra, esta filiación, alcanzada por Nuestro Señor Jesucristo.