Del Amor verdadero
El amor verdadero, sentimiento tan vago y tan noble, tan cercano y tan desconocido, tan divino y tan humano, tan leal y tan mezquino… qué es?
El amor puede tomar muy diversas formas: amistad, pololeo, relación de pareja, etc. Pero una característica inalienable del amor es que no es individual: el amor excesivo a sí mismo (narcisismo) no fructifera, ya que para que el amor produzca frutos necesita de otro que nos ceda características nuevas, ajenas al ser que ama. De por sí, el amor a sí mismo no es malo, pero cuando éste se cierra al amor con otro, se vuelve enfermizo, patológico, estéril.
Sólo Dios ama gratuitamente. Y los Santos son medios del amor de Dios. Pero el Santo por excelencia es Jesús. ¿Quién mejor que Dios conoce el amor de Dios? El Hijo es el fruto del amor del Padre.
El amor verdadero, así como posee infinitas cualidades, carece de ciertas cosas: carece de miedos, de intolerancia, de complejos, de indiferencia, de ataduras excesivas, de actitudes enfermizas, de egoísmo, de deseo, de desconfianza, y un largo etcétera.
Claro está que, con el tiempo, estas carencias se van arraigando y van creciendo.
El amor es como un árbol cuyos frutos son nobles en esencia, pero son factibles a corromperse. Pero el Amor verdadero es el único árbol cuyos frutos son incorruptibles. Y, a pesar de que los árboles sean escasos, los frutos son siempre abundantes.
Dios nos dio la capacidad de amar. Por ello somos hechos a su imagen y semejanza: con libertad de actuar y de amar. Pero Él es el único que posee un amor infinito e inherente a su naturaleza, un amor que no tiene miedos, que respeta, que ama por amar y no espera nada a cambio.
Personalmente, creo que el amor de Dios se expresa en el perdón. En el acto redentor nos perdonó por amor, y sobre todo en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación. En la Eucaristía, Jesús se hace pequeño por amor a nosotros; y en la Reconciliación, Dios nos acoge nuevamente como hijos pródigos, recibiéndonos en la dulzura de una concordia filial. Y es el amor de Dios el más puro amor verdadero.
El amor puede tomar muy diversas formas: amistad, pololeo, relación de pareja, etc. Pero una característica inalienable del amor es que no es individual: el amor excesivo a sí mismo (narcisismo) no fructifera, ya que para que el amor produzca frutos necesita de otro que nos ceda características nuevas, ajenas al ser que ama. De por sí, el amor a sí mismo no es malo, pero cuando éste se cierra al amor con otro, se vuelve enfermizo, patológico, estéril.
Sólo Dios ama gratuitamente. Y los Santos son medios del amor de Dios. Pero el Santo por excelencia es Jesús. ¿Quién mejor que Dios conoce el amor de Dios? El Hijo es el fruto del amor del Padre.
El amor verdadero, así como posee infinitas cualidades, carece de ciertas cosas: carece de miedos, de intolerancia, de complejos, de indiferencia, de ataduras excesivas, de actitudes enfermizas, de egoísmo, de deseo, de desconfianza, y un largo etcétera.
Claro está que, con el tiempo, estas carencias se van arraigando y van creciendo.
El amor es como un árbol cuyos frutos son nobles en esencia, pero son factibles a corromperse. Pero el Amor verdadero es el único árbol cuyos frutos son incorruptibles. Y, a pesar de que los árboles sean escasos, los frutos son siempre abundantes.
Dios nos dio la capacidad de amar. Por ello somos hechos a su imagen y semejanza: con libertad de actuar y de amar. Pero Él es el único que posee un amor infinito e inherente a su naturaleza, un amor que no tiene miedos, que respeta, que ama por amar y no espera nada a cambio.
Personalmente, creo que el amor de Dios se expresa en el perdón. En el acto redentor nos perdonó por amor, y sobre todo en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación. En la Eucaristía, Jesús se hace pequeño por amor a nosotros; y en la Reconciliación, Dios nos acoge nuevamente como hijos pródigos, recibiéndonos en la dulzura de una concordia filial. Y es el amor de Dios el más puro amor verdadero.
