Jesús de Nazaret: un comentario (II)
He aquí otra parte de mi comentario al nuevo libro de Benedicto XVI.
Jesús de Nazaret, el primer libro de Joseph Ratzinger como Papa Benedicto XVI, está dividido en diez capítulos. Creo que, por ser un texto no-literario, cada capítulo posee una estructura y contenidos particulares, y no es fácil (por no decir que es casi imposible) comentarlo en su totalidad, sin dejar de lado aspectos fundamentales de éste. Por ello, a lo largo del presente informe, haré una breve reseña de cada uno de los apartados, y finalmente, una vez mencionados los contenidos particulares, emitiré un comentario global.
La introducción
Dentro de los libros de Su Santidad, es posible ver que él concede una importancia destacable a lo que son las introducciones y los prólogos; y este libro no es la excepción. La introducción posee una longitud considerable pero a la vez totalmente justificada.
En la introducción de esta obra, el Papa otorga pruebas de la misión mesiánica de Jesús, dando citas bíblicas veterotestamentarias: "'El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le escucharéis'" (Deut 18, 15; cfr. p. 24). "Pero no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara..." (Deut 34,10; ibidem). El Papa llama a Jesús “el nuevo Moisés”, alguien con quien Dios Padre trata “cara a cara”. Y claro que lo hacía. Por lo tanto, Jesús es el “profeta” prometido en el Deuteronomio; y Benedicto XVI se apresura en hacer notar que el profeta no había llegado al momento de escribir el Deuteronomio, mucho tiempo antes de Jesús.
Dentro de la misma introducción, el Papa profundiza el concepto de “profeta”, su significado y esencia; con ello busca aclarar que Jesús no era un profeta propiamente tal, sino la misma persona que habría de venir a comunicar el mensaje, que, para el Santo Padre, es Jesús mismo: Él es el emisor y el mensaje.
El bautismo de Jesús
En este capítulo, el Papa busca explicar, fundamentalmente, un “conflicto” que surge frente al bautismo de Jesús; el significado de éste lo trata sólo tangencialmente. Este “conflicto” (y digo conflicto entre comillas, puesto que no es tal) es: ¿Por qué Jesús, siendo el Justo y el Santo de Dios, debe bautizarse?
El bautismo de Juan implicaba una confesión general de los pecados, como nos explica el Papa (cf. Mc 1,5). Pero ¿qué pecados debe confesar el Señor, siendo que Él, en palabras del Apóstol, "'ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado'" (cf. Hb 4, 15)? El mismo Juan le reprocha a Jesús su actuar: "'Soy yo el que necesita que me bautices, ¿y Tú vienes a mí?' Jesús le contestó: 'Déjalo ahora. Está bien que cumplamos toda justicia'. Entonces Juan lo permitió"(Mt 3, 14-15).
El Papa mismo nos da la respuesta: el Señor debe confesar los pecados, pero no los propios, sino los de la humanidad toda: la previa a Él, la contemporánea a Él y la posterior a Él. Aquí, el Papa hace una analogía entre el bautismo y la Cruz: con ambos se borran los pecados del ser humano. Para ello, Su Santidad se basa en la iconografía de las Iglesias orientales, y cita a los Padres orientales Cirilo de Jerusalén y Juan Crisóstomo.
Finalmente, el Papa hace alusión a la frase que Juan coloca en boca del Bautista: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29), y vuelve a explicar esta expresión como análoga de las anteriores, y muestra nuevamente que el Bautismo de Cristo es una prefigura de la Crucifixión.
Las tentaciones de Jesús
Haciendo una interpretación de las tentaciones en el desierto, el Papa nos muestra que estas tentaciones son tan actuales que nos toca enfrentarlas día a día, si bien sin la “magnificencia” o sin las “imágenes apoteósicas” con las que el Evangelio narra que las vivió Jesús. Cada una de las tentaciones es factible de ser encontrada en nuestra cotidianeidad, ajustada a nuestra realidad.
Pero primero analiza el significado de los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto. Para ello vuelve a mencionar a los Padres apostólicos y la interpretación numérica: el significado del número 40 es una expresión simbólica de la historia de este mundo.
La primera y la segunda tentaciones poseen un carácter común: son ambas expresiones de desafío a Dios, puesto que tratan inútilmente de herir, en los cimientos, el impulso redentor de Cristo y mostrarle su “falta de poder” mundano, que es el que salva según el demonio.
La primera tentación (convertir las piedras en pan), como lo dirá más adelante, “plantea toda la misión del Mesías” (p. 310), puesto que el demonio busca hacer dudar a Cristo de su misión mesiánica.
Asimismo, el Papa menciona a Vladimir Soloviev y su Breve relato del Anticristo, en el que el Anticristo recibe el doctorado honoris causa en teología en la Universidad de Tubinga; es decir, es un gran experto en la Biblia y en lo que es Dios.
Por último, y explicando la última tentación (la del gobierno terrenal, o una emulación del “reino”), el Santo Padre nos presenta un hecho bastante desconocido. Todos sabemos que Barrabás era un bandido, pero san Mateo lo presenta como un “preso famoso” (cf. Mt 27, 16), quizá un caudillo líder de un movimiento revolucionario. Por lo tanto, Barrabás también era un posible “Mesías”. Ello resulta más evidente si escuchamos a Orígenes, que menciona que Barrabás se llamaba “Jesús Barrabás” (literalmente, "Jesús hijo del padre", nombre con un alto significado mesiánico. Jesús también podría ser llamado de esa manera: “bar-abbá”,"hijo del Padre”; así, el conflicto de elección entre dos figuras mesiánicas alcanza un punto crítico, al tener que optar entre dos Mesías “igualmente posibles”).
Esta es la nueva tentación social: el elegir entre un líder con poder temporal o uno con poder espiritual, elegir entre la vida terrenal o la vida eterna.
“Por tanto, la tercera tentación de Jesús resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta de qué debe hacer un salvador del mundo (…). El Señor explica inmediatamente que el concepto de Mesías debe entenderse desde la totalidad del mensaje profético: no significa poder mundano, sino la cruz y la nueva comunidad completamente diversa que nace de la cruz” (cfr. p. 67). Por ello el Señor afirma que el Reino de Dios no es un reino terrenal, pues ninguno de los reinos terrenos asegura la salvación.
Benedicto XVI también hace notar que, en la tercera tentación, Jesús es llevado “a lo alto de un monte”, y allí se le muestran todos los reinos; es decir, el poder. Jesús rechaza ese poder; mas, una vez resucitado, afirma en lo alto del monte: "'Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra'" (Mt 28, 18). Ahora es cuando posee el verdadero poder, el poder salvador: la Resurrección lo constituye Señor de la Historia. Pero es sólo la Resurrección la que hace posible que Jesús tenga ese poder; es decir, la Cruz y el monte Calvario son necesarios para poder salvar al hombre. Esto no significa que no tuviera ese poder antes de morir y resucitar, sino que ese poder se hace efectivo en el ser humano después de la Pasión: con la muerte de Cristo el hombre es salvado. Es decir, las tentaciones tienen una orientación tanto cristológica como escatológica y soteriológica: son un anticipo de lo que le tocará vivir a Cristo durante el resto de su vida, y es una muestra de que lo que nos tocará vivir a nosotros, pero sin perder de vista el horizonte de la Cruz y de la Redención.
En otra ocasión publicaré otro trozo de mi texto.
Jesús de Nazaret, el primer libro de Joseph Ratzinger como Papa Benedicto XVI, está dividido en diez capítulos. Creo que, por ser un texto no-literario, cada capítulo posee una estructura y contenidos particulares, y no es fácil (por no decir que es casi imposible) comentarlo en su totalidad, sin dejar de lado aspectos fundamentales de éste. Por ello, a lo largo del presente informe, haré una breve reseña de cada uno de los apartados, y finalmente, una vez mencionados los contenidos particulares, emitiré un comentario global.
La introducción
Dentro de los libros de Su Santidad, es posible ver que él concede una importancia destacable a lo que son las introducciones y los prólogos; y este libro no es la excepción. La introducción posee una longitud considerable pero a la vez totalmente justificada.
En la introducción de esta obra, el Papa otorga pruebas de la misión mesiánica de Jesús, dando citas bíblicas veterotestamentarias: "'El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le escucharéis'" (Deut 18, 15; cfr. p. 24). "Pero no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara..." (Deut 34,10; ibidem). El Papa llama a Jesús “el nuevo Moisés”, alguien con quien Dios Padre trata “cara a cara”. Y claro que lo hacía. Por lo tanto, Jesús es el “profeta” prometido en el Deuteronomio; y Benedicto XVI se apresura en hacer notar que el profeta no había llegado al momento de escribir el Deuteronomio, mucho tiempo antes de Jesús.
Dentro de la misma introducción, el Papa profundiza el concepto de “profeta”, su significado y esencia; con ello busca aclarar que Jesús no era un profeta propiamente tal, sino la misma persona que habría de venir a comunicar el mensaje, que, para el Santo Padre, es Jesús mismo: Él es el emisor y el mensaje.
El bautismo de Jesús
En este capítulo, el Papa busca explicar, fundamentalmente, un “conflicto” que surge frente al bautismo de Jesús; el significado de éste lo trata sólo tangencialmente. Este “conflicto” (y digo conflicto entre comillas, puesto que no es tal) es: ¿Por qué Jesús, siendo el Justo y el Santo de Dios, debe bautizarse?
El bautismo de Juan implicaba una confesión general de los pecados, como nos explica el Papa (cf. Mc 1,5). Pero ¿qué pecados debe confesar el Señor, siendo que Él, en palabras del Apóstol, "'ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado'" (cf. Hb 4, 15)? El mismo Juan le reprocha a Jesús su actuar: "'Soy yo el que necesita que me bautices, ¿y Tú vienes a mí?' Jesús le contestó: 'Déjalo ahora. Está bien que cumplamos toda justicia'. Entonces Juan lo permitió"(Mt 3, 14-15).
El Papa mismo nos da la respuesta: el Señor debe confesar los pecados, pero no los propios, sino los de la humanidad toda: la previa a Él, la contemporánea a Él y la posterior a Él. Aquí, el Papa hace una analogía entre el bautismo y la Cruz: con ambos se borran los pecados del ser humano. Para ello, Su Santidad se basa en la iconografía de las Iglesias orientales, y cita a los Padres orientales Cirilo de Jerusalén y Juan Crisóstomo.
Finalmente, el Papa hace alusión a la frase que Juan coloca en boca del Bautista: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29), y vuelve a explicar esta expresión como análoga de las anteriores, y muestra nuevamente que el Bautismo de Cristo es una prefigura de la Crucifixión.
Las tentaciones de Jesús
Haciendo una interpretación de las tentaciones en el desierto, el Papa nos muestra que estas tentaciones son tan actuales que nos toca enfrentarlas día a día, si bien sin la “magnificencia” o sin las “imágenes apoteósicas” con las que el Evangelio narra que las vivió Jesús. Cada una de las tentaciones es factible de ser encontrada en nuestra cotidianeidad, ajustada a nuestra realidad.
Pero primero analiza el significado de los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto. Para ello vuelve a mencionar a los Padres apostólicos y la interpretación numérica: el significado del número 40 es una expresión simbólica de la historia de este mundo.
La primera y la segunda tentaciones poseen un carácter común: son ambas expresiones de desafío a Dios, puesto que tratan inútilmente de herir, en los cimientos, el impulso redentor de Cristo y mostrarle su “falta de poder” mundano, que es el que salva según el demonio.
La primera tentación (convertir las piedras en pan), como lo dirá más adelante, “plantea toda la misión del Mesías” (p. 310), puesto que el demonio busca hacer dudar a Cristo de su misión mesiánica.
Asimismo, el Papa menciona a Vladimir Soloviev y su Breve relato del Anticristo, en el que el Anticristo recibe el doctorado honoris causa en teología en la Universidad de Tubinga; es decir, es un gran experto en la Biblia y en lo que es Dios.
Por último, y explicando la última tentación (la del gobierno terrenal, o una emulación del “reino”), el Santo Padre nos presenta un hecho bastante desconocido. Todos sabemos que Barrabás era un bandido, pero san Mateo lo presenta como un “preso famoso” (cf. Mt 27, 16), quizá un caudillo líder de un movimiento revolucionario. Por lo tanto, Barrabás también era un posible “Mesías”. Ello resulta más evidente si escuchamos a Orígenes, que menciona que Barrabás se llamaba “Jesús Barrabás” (literalmente, "Jesús hijo del padre", nombre con un alto significado mesiánico. Jesús también podría ser llamado de esa manera: “bar-abbá”,"hijo del Padre”; así, el conflicto de elección entre dos figuras mesiánicas alcanza un punto crítico, al tener que optar entre dos Mesías “igualmente posibles”).
Esta es la nueva tentación social: el elegir entre un líder con poder temporal o uno con poder espiritual, elegir entre la vida terrenal o la vida eterna.
“Por tanto, la tercera tentación de Jesús resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta de qué debe hacer un salvador del mundo (…). El Señor explica inmediatamente que el concepto de Mesías debe entenderse desde la totalidad del mensaje profético: no significa poder mundano, sino la cruz y la nueva comunidad completamente diversa que nace de la cruz” (cfr. p. 67). Por ello el Señor afirma que el Reino de Dios no es un reino terrenal, pues ninguno de los reinos terrenos asegura la salvación.
Benedicto XVI también hace notar que, en la tercera tentación, Jesús es llevado “a lo alto de un monte”, y allí se le muestran todos los reinos; es decir, el poder. Jesús rechaza ese poder; mas, una vez resucitado, afirma en lo alto del monte: "'Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra'" (Mt 28, 18). Ahora es cuando posee el verdadero poder, el poder salvador: la Resurrección lo constituye Señor de la Historia. Pero es sólo la Resurrección la que hace posible que Jesús tenga ese poder; es decir, la Cruz y el monte Calvario son necesarios para poder salvar al hombre. Esto no significa que no tuviera ese poder antes de morir y resucitar, sino que ese poder se hace efectivo en el ser humano después de la Pasión: con la muerte de Cristo el hombre es salvado. Es decir, las tentaciones tienen una orientación tanto cristológica como escatológica y soteriológica: son un anticipo de lo que le tocará vivir a Cristo durante el resto de su vida, y es una muestra de que lo que nos tocará vivir a nosotros, pero sin perder de vista el horizonte de la Cruz y de la Redención.
En otra ocasión publicaré otro trozo de mi texto.

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