Jesús de Nazaret: un comentario (III)
Hola. Aquí está la siguiente parte de mi comentario.
El Evangelio del Reino de Dios
En este capítulo, el Papa hace una reflexión sobre el verdadero significado del concepto del “Reino de Dios”. Y llega a la conclusión de que el Reino de Dios implica necesariamente la “soberanía de Dios”, y que este Reino es Jesús mismo. Cita a Orígenes, que denominó a Jesús como autobasileía, el reino en persona.
Dentro de los comentarios que hace el Santo Padre en este capítulo, hay una idea que él expone que me parece digna de ser comentada. El Papa afirma que “…es necesario dar el paso hacia el reinocentrismo, hacia la centralidad del reino. Éste sería, al fin y al cabo, el corazón del mensaje de Jesús, y ésa sería la vía correcta para unir por fin las fuerzas positivas de la humanidad hacia el futuro del mundo; 'reino' significaría simplemente un mundo en el que reinan la paz, la justicia y la salvaguardia de la creación… (…) Por otra parte, todas ellas (las otras religiones) podrían conservar sus tradiciones, vivir su identidad, pero, aun conservando sus diversas identidades, deberían trabajar por un mundo en el que lo primordial sea la paz, la justicia y el respeto de la creación.
Esto suena bien: por este camino parece posible que el mensaje de Cristo sea aceptado finalmente por todos sin tener que evangelizar las otras religiones...” (cfr. p. 81). Al decir esto, parecería que el Papa plantea que la Iglesia, en pro de la construcción del reino, debería renunciar a su tarea fundamental por la construcción de un mundo que es, por decir lo menos, utópico. La Iglesia no puede dejar de evangelizar; el fin no justifica los medios. Eso no sería un verdadero intento ecuménico, sino que sería apostasía. Sin duda, la Iglesia debe respetar a las otras religiones y promover el movimiento ecuménico; pero no puede abandonar la misión que el Señor en persona le ha encomendado. La construcción de ese Reino del que habla el Papa implicaría un reino meramente mundano, sin poseer el sentido que Jesús le otorga: el Reino de los Cielos, la verdadera soberanía de Dios: aquel reino que concede la verdadera salvación al hombre. Pareciera, al leer superficialmente el texto, que el Papa apoyara esta tesis; pero si seguimos leyendo, descubrimos la verdadera intención del Papa al escribir estas palabras: denunciar el falso movimiento ecuménico. Al renunciar a Cristo, la Iglesia deja ser Iglesia, pierde su sustento fundamental: Dios mismo. “A decir verdad, si analizamos el razonamiento en su conjunto, se manifiesta como una serie de habladurías utópicas, carentes de contenido real… (…). Pero lo más importante es que por encima de todo destaca un punto: Dios ha desaparecido, quien actúa ahora es el hombre. El respeto por las 'tradiciones' religiosas es sólo aparente… (…). La fe, las religiones, son utilizadas para fines políticos… (…). La semejanza entre esta visión postcristiana de la fe y de la religión con la tercera tentación resulta inquietante” (p. 82). Es realmente cierto: la construcción del verdadero Reino de Dios no puede significar la renuncia a la evangelización.
El sermón de la montaña
Debido a la extensión de este capítulo, dividiré el análisis de éste en varios fragmentos.
a) Antes de todo: El Papa vuelve a destacar el papel de Jesús como el “nuevo Moisés”, como Aquel que habla de pie, con verdadera autoridad, y emula el monte Tabor al Sinaí, el monte en el que Dios da a conocer Su Mensaje y Su Ley: las Bienaventuranzas.
b) Las Bienaventuranzas: No es la intención de este informe analizar en profundidad o dar a conocer el texto íntegro del libro del Papa, y menos en esta parte del texto que es tan extensa. Además, cada bienaventuranza es tan ricamente explicada, que es mejor (a mi juicio) recomendar la lectura del libro. Destacar, solamente, que la Bienaventuranza de los “pobres de espíritu”, una de las más difíciles de interpretar, es, para el Papa (y sin duda acertadísimamente), recogida en una de las figuras más conocidas del catolicismo: san Francisco de Asís. Él encarna muy bien esta Bienaventuranza.
c) La Torá del Mesías: Para el resto de este capítulo, Benedicto XVI se basa en el libro del erudito judío Jacob Neusner A Rabbi talks with Jesus (Un rabino habla con Jesús). Su Santidad hace un análisis de la nueva Torá de Jesús, entendiendo ésta como el mensaje de Cristo, y analizando los siguientes puntos: Se ha dicho – pero Yo os digo; La disputa del sábado; El cuarto mandamiento: la familia, el pueblo y la comunidad de los discípulos de Jesús; y Compromiso y radicalidad profética. No entra en las aspiraciones de este informe explicar cada uno. Me limitaré a enunciarlos; pero se puede notar que son todos aspectos que producen roces con el judaísmo, tanto el de la época de Cristo como el actual. Es decir, el fin de este capítulo es mostrar la radicalidad del mensaje de Jesucristo.
La oración del Señor
La oración del Padrenuestro, también llamada "La Oración Dominical", o "La Oración del Señor" ("The Lord's Prayer", en inglés), es la oración por excelencia del cristiano; es, junto a la cruz, el distintivo de la religión cristiana. En este capítulo, el Papa analiza cada una de las frases o peticiones del Padrenuestro. No busco exponer detalladamente cada una; por ello, a cada una de las peticiones emparejaré el o los aspectos fundamentales que resuman el análisis hecho por el Papa.
-Padre Nuestro, que estás en el cielo: Saber que Dios es nuestro Padre y es cercano a nosotros. No es un dios distante, sino que es un Dios que nos ama y por ello “toma nuestra condición de esclavos” (cf. Flp 2, 7).
-Santificado sea tu nombre: Lo relaciona con el Segundo Mandamiento del Decálogo. Además, por habernos revelado su nombre de Padre, remarca la cercanía divina con el hombre.
-Venga a nosotros tu reino: Vuelve al concepto de “soberanía de Dios”. Insiste en que esta petición es un llamado a la sumisión a la voluntad de Dios.
-Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: La conciencia como conocimiento de la voluntad de Dios. Allí donde se hace Su Voluntad, está el Cielo; luego Jesucristo, que cumple íntegramente la Voluntad del Padre, es el Cielo.
-Danos hoy nuestro pan de cada día: Conciencia y solidaridad social. Petición por sobre todo eucarística.
-Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: ¿Qué es el perdón? El Papa hace una profundización de éste, su relación con la Cruz y el significado cristológico de esta petición.
-No nos dejes caer en tentación: Diferencia entre tentación y prueba. Exhortación a la confianza en Dios. Santidad y prueba.
-Y líbranos del mal: El mal como amenaza social y realidad diabólica. Relación entre esta petición y las precedentes.
Finalmente, cabe mencionar que, al principio de este capítulo, el Papa explica de que, en el Evangelio de Mateo, el Padrenuestro está precedido por una breve catequesis de la oración. Allí el Santo Padre explica las formas incorrectas (o mejor dicho incongruentes con el creyente) de orar, y expone la forma verdadera. Además, para introducir la explicación de las peticiones, se sitúa en el Evangelio de Lucas, donde, una vez que el Señor ha terminado de orar, los discípulos le piden: "Y sucedió que, estando Él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: 'Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos'" (Lc 11, 1), y hace notar la primacía de Dios manifestada en el Padrenuestro.
El Evangelio del Reino de Dios
En este capítulo, el Papa hace una reflexión sobre el verdadero significado del concepto del “Reino de Dios”. Y llega a la conclusión de que el Reino de Dios implica necesariamente la “soberanía de Dios”, y que este Reino es Jesús mismo. Cita a Orígenes, que denominó a Jesús como autobasileía, el reino en persona.
Dentro de los comentarios que hace el Santo Padre en este capítulo, hay una idea que él expone que me parece digna de ser comentada. El Papa afirma que “…es necesario dar el paso hacia el reinocentrismo, hacia la centralidad del reino. Éste sería, al fin y al cabo, el corazón del mensaje de Jesús, y ésa sería la vía correcta para unir por fin las fuerzas positivas de la humanidad hacia el futuro del mundo; 'reino' significaría simplemente un mundo en el que reinan la paz, la justicia y la salvaguardia de la creación… (…) Por otra parte, todas ellas (las otras religiones) podrían conservar sus tradiciones, vivir su identidad, pero, aun conservando sus diversas identidades, deberían trabajar por un mundo en el que lo primordial sea la paz, la justicia y el respeto de la creación.
Esto suena bien: por este camino parece posible que el mensaje de Cristo sea aceptado finalmente por todos sin tener que evangelizar las otras religiones...” (cfr. p. 81). Al decir esto, parecería que el Papa plantea que la Iglesia, en pro de la construcción del reino, debería renunciar a su tarea fundamental por la construcción de un mundo que es, por decir lo menos, utópico. La Iglesia no puede dejar de evangelizar; el fin no justifica los medios. Eso no sería un verdadero intento ecuménico, sino que sería apostasía. Sin duda, la Iglesia debe respetar a las otras religiones y promover el movimiento ecuménico; pero no puede abandonar la misión que el Señor en persona le ha encomendado. La construcción de ese Reino del que habla el Papa implicaría un reino meramente mundano, sin poseer el sentido que Jesús le otorga: el Reino de los Cielos, la verdadera soberanía de Dios: aquel reino que concede la verdadera salvación al hombre. Pareciera, al leer superficialmente el texto, que el Papa apoyara esta tesis; pero si seguimos leyendo, descubrimos la verdadera intención del Papa al escribir estas palabras: denunciar el falso movimiento ecuménico. Al renunciar a Cristo, la Iglesia deja ser Iglesia, pierde su sustento fundamental: Dios mismo. “A decir verdad, si analizamos el razonamiento en su conjunto, se manifiesta como una serie de habladurías utópicas, carentes de contenido real… (…). Pero lo más importante es que por encima de todo destaca un punto: Dios ha desaparecido, quien actúa ahora es el hombre. El respeto por las 'tradiciones' religiosas es sólo aparente… (…). La fe, las religiones, son utilizadas para fines políticos… (…). La semejanza entre esta visión postcristiana de la fe y de la religión con la tercera tentación resulta inquietante” (p. 82). Es realmente cierto: la construcción del verdadero Reino de Dios no puede significar la renuncia a la evangelización.
El sermón de la montaña
Debido a la extensión de este capítulo, dividiré el análisis de éste en varios fragmentos.
a) Antes de todo: El Papa vuelve a destacar el papel de Jesús como el “nuevo Moisés”, como Aquel que habla de pie, con verdadera autoridad, y emula el monte Tabor al Sinaí, el monte en el que Dios da a conocer Su Mensaje y Su Ley: las Bienaventuranzas.
b) Las Bienaventuranzas: No es la intención de este informe analizar en profundidad o dar a conocer el texto íntegro del libro del Papa, y menos en esta parte del texto que es tan extensa. Además, cada bienaventuranza es tan ricamente explicada, que es mejor (a mi juicio) recomendar la lectura del libro. Destacar, solamente, que la Bienaventuranza de los “pobres de espíritu”, una de las más difíciles de interpretar, es, para el Papa (y sin duda acertadísimamente), recogida en una de las figuras más conocidas del catolicismo: san Francisco de Asís. Él encarna muy bien esta Bienaventuranza.
c) La Torá del Mesías: Para el resto de este capítulo, Benedicto XVI se basa en el libro del erudito judío Jacob Neusner A Rabbi talks with Jesus (Un rabino habla con Jesús). Su Santidad hace un análisis de la nueva Torá de Jesús, entendiendo ésta como el mensaje de Cristo, y analizando los siguientes puntos: Se ha dicho – pero Yo os digo; La disputa del sábado; El cuarto mandamiento: la familia, el pueblo y la comunidad de los discípulos de Jesús; y Compromiso y radicalidad profética. No entra en las aspiraciones de este informe explicar cada uno. Me limitaré a enunciarlos; pero se puede notar que son todos aspectos que producen roces con el judaísmo, tanto el de la época de Cristo como el actual. Es decir, el fin de este capítulo es mostrar la radicalidad del mensaje de Jesucristo.
La oración del Señor
La oración del Padrenuestro, también llamada "La Oración Dominical", o "La Oración del Señor" ("The Lord's Prayer", en inglés), es la oración por excelencia del cristiano; es, junto a la cruz, el distintivo de la religión cristiana. En este capítulo, el Papa analiza cada una de las frases o peticiones del Padrenuestro. No busco exponer detalladamente cada una; por ello, a cada una de las peticiones emparejaré el o los aspectos fundamentales que resuman el análisis hecho por el Papa.
-Padre Nuestro, que estás en el cielo: Saber que Dios es nuestro Padre y es cercano a nosotros. No es un dios distante, sino que es un Dios que nos ama y por ello “toma nuestra condición de esclavos” (cf. Flp 2, 7).
-Santificado sea tu nombre: Lo relaciona con el Segundo Mandamiento del Decálogo. Además, por habernos revelado su nombre de Padre, remarca la cercanía divina con el hombre.
-Venga a nosotros tu reino: Vuelve al concepto de “soberanía de Dios”. Insiste en que esta petición es un llamado a la sumisión a la voluntad de Dios.
-Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: La conciencia como conocimiento de la voluntad de Dios. Allí donde se hace Su Voluntad, está el Cielo; luego Jesucristo, que cumple íntegramente la Voluntad del Padre, es el Cielo.
-Danos hoy nuestro pan de cada día: Conciencia y solidaridad social. Petición por sobre todo eucarística.
-Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: ¿Qué es el perdón? El Papa hace una profundización de éste, su relación con la Cruz y el significado cristológico de esta petición.
-No nos dejes caer en tentación: Diferencia entre tentación y prueba. Exhortación a la confianza en Dios. Santidad y prueba.
-Y líbranos del mal: El mal como amenaza social y realidad diabólica. Relación entre esta petición y las precedentes.
Finalmente, cabe mencionar que, al principio de este capítulo, el Papa explica de que, en el Evangelio de Mateo, el Padrenuestro está precedido por una breve catequesis de la oración. Allí el Santo Padre explica las formas incorrectas (o mejor dicho incongruentes con el creyente) de orar, y expone la forma verdadera. Además, para introducir la explicación de las peticiones, se sitúa en el Evangelio de Lucas, donde, una vez que el Señor ha terminado de orar, los discípulos le piden: "Y sucedió que, estando Él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: 'Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos'" (Lc 11, 1), y hace notar la primacía de Dios manifestada en el Padrenuestro.

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