"...durante cuarenta días, tentado por el diablo" (cfr. Lc 4, 2)
Nos adentramos en el tiempo de Cuaresma, el que empezamos el Miércoles de Ceniza. Y hoy vivimos el primer Domingo cuaresmal, en el cual el Evangelio nos relata el retiro de Cristo en el desierto y las tentaciones que sufrió. "Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo" (Lc 4, 1-2).
El relato principal de este trozo del Evangelio son las tentaciones sufridas por Jesús después de haber ayunado y orado durante cuarenta días. "No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: 'Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan'. Jesús le respondió: 'Está escrito: No sólo de pan vive el hombre'" (cfr. Lc 4, 2-4). Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, sintió hambre, sed, pena, alegría, dolor, amargura, desesperación, y todos los sentimientos humanos existentes. Por tanto, sintió la tentación de convertir las piedras en pan, para saciar su hambre. Pero Jesús responde: "Está escrito: 'No sólo de pan vive el hombre'". El hombre no sólo debe alimentar el cuerpo, sino también el espíritu. No sólo debe cultivar las cosas terrenas, sino también las celestes, ni debe solamente acatar las leyes humanas, sino también las divinas. Mateo, en esta parte, dice: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (cfr. Mt 4, 4). El alimento no es sólo corporal: también está el alimento espiritual, el que nos edifica, nos enseña y nos convierte en personas mejores.
"Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: 'Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya'. Jesús le respondió: 'Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto'" (Lc 4, 5-8). El diablo primero presenta la tentación de satisfacer el hambre de alimento; ahora, presenta el hambre de poder y de gloria. A cambio, eso sí, que Jesús se postre ante él y le adore. Pero Cristo no cede y le responde: "Está escrito: 'Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto'". El único culto de adoración está dedicado a Dios. Nadie más es digno de tal culto. El culto al dinero, al sexo, al mismo hombre, son idolatrías. Por otro lado, Jesús comprende la debilidad humana, y sabe que, poseyendo las riquezas terrenas, sería más fácil reinar "en nombre de Dios", por medio de sobornos, extorsiones o ofrecimientos de riquezas, las que merman la libertad y la verdadera conciencia humana.
"Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: 'Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna'. Jesús le respondió: 'Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios'" (Lc 4, 9-12). Por último, Jesús es sometido a la tentación de evitar el sufrimiento. El diablo le dice que si es Hijo de Dios, se arroje, así como los fariseos, los maestros de la Ley y "los que pasaban por ahí" le dirían, tres años más tarde, que se baje de la cruz y se salve (Mt 27, 39-44). Jesús es tentado a usar su poder divino para esquivar el dolor inminente de la vida. Pero Jesús sabe que este dolor es parte del plan salvífico, y responde: "Está escrito: 'No tentarás al Señor tu Dios'". Esta es la cita bíblica definitiva que usa Jesús contra el diablo. Y el Evangelio nos dice que, después de eso, "el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno" (cfr. Lc 4, 13). No se le acercó más hasta la agonía en Getsemaní, hasta el momento de la batalla decisiva entre la vida y la muerte.
Hay que destacar dos cosas: primero, que Jesús usa la frase "está escrito". Esta frase indica la autoridad divina de la Palabra, inspirada por Dios. Jesús hace uso de esta autoridad, propia de su naturaleza divina. Más adelante, Jesús hace uso de la frase "está escrito... pero Yo os digo". Jesús renueva la autoridad de la Palabra, la actualiza y le da su cumplimiento. Pero Jesús no usa ahora el "... pero Yo os digo", ya que no ha empezado su ministerio público.
Segundo, las tentaciones a las que es sometido Jesús son todas en provecho personal: Él tiene hambre, a Él se le ofrecen las riquezas del mundo, y Él es sometido al miedo ante el dolor. Son todas en beneficio de sí mismo. Y por eso mismo Jesús las rechaza: Él no vino a ser servido, sino a servir; vino para el bien del mundo, no de sí mismo; y así lo demuestra con su Pasión y su Muerte: podría haberlas evitado, pero no lo hizo. Y con ello nos enseña la obediencia con base en la humildad.
Sin duda, Cristo no podría haber caído en la tentación, pero el fin de haber sido tentado es discernir cómo sería su vida pública: con las mismas tentaciones, disfrazadas en los rostros de los fariseos y de los maestros de la Ley. Estas tentaciones son una prefigura de lo que le tocaría vivir.
Por último, este trozo del Evangelio es una enseñanza de vida: cómo debemos enfrentar las tentaciones de la cotidianidad. A nosotros nos costará más, pero no por eso debemos enfrentarla con menos tesón. Y con mayor razón en este tiempo de Cuaresma, en el que debemos reflexionar sobre nuestra dimensión de pecadores, y cómo afrontar esta misma dimensión de nuestra existencia.
El relato principal de este trozo del Evangelio son las tentaciones sufridas por Jesús después de haber ayunado y orado durante cuarenta días. "No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: 'Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan'. Jesús le respondió: 'Está escrito: No sólo de pan vive el hombre'" (cfr. Lc 4, 2-4). Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, sintió hambre, sed, pena, alegría, dolor, amargura, desesperación, y todos los sentimientos humanos existentes. Por tanto, sintió la tentación de convertir las piedras en pan, para saciar su hambre. Pero Jesús responde: "Está escrito: 'No sólo de pan vive el hombre'". El hombre no sólo debe alimentar el cuerpo, sino también el espíritu. No sólo debe cultivar las cosas terrenas, sino también las celestes, ni debe solamente acatar las leyes humanas, sino también las divinas. Mateo, en esta parte, dice: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (cfr. Mt 4, 4). El alimento no es sólo corporal: también está el alimento espiritual, el que nos edifica, nos enseña y nos convierte en personas mejores.
"Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: 'Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya'. Jesús le respondió: 'Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto'" (Lc 4, 5-8). El diablo primero presenta la tentación de satisfacer el hambre de alimento; ahora, presenta el hambre de poder y de gloria. A cambio, eso sí, que Jesús se postre ante él y le adore. Pero Cristo no cede y le responde: "Está escrito: 'Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto'". El único culto de adoración está dedicado a Dios. Nadie más es digno de tal culto. El culto al dinero, al sexo, al mismo hombre, son idolatrías. Por otro lado, Jesús comprende la debilidad humana, y sabe que, poseyendo las riquezas terrenas, sería más fácil reinar "en nombre de Dios", por medio de sobornos, extorsiones o ofrecimientos de riquezas, las que merman la libertad y la verdadera conciencia humana.
"Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: 'Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna'. Jesús le respondió: 'Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios'" (Lc 4, 9-12). Por último, Jesús es sometido a la tentación de evitar el sufrimiento. El diablo le dice que si es Hijo de Dios, se arroje, así como los fariseos, los maestros de la Ley y "los que pasaban por ahí" le dirían, tres años más tarde, que se baje de la cruz y se salve (Mt 27, 39-44). Jesús es tentado a usar su poder divino para esquivar el dolor inminente de la vida. Pero Jesús sabe que este dolor es parte del plan salvífico, y responde: "Está escrito: 'No tentarás al Señor tu Dios'". Esta es la cita bíblica definitiva que usa Jesús contra el diablo. Y el Evangelio nos dice que, después de eso, "el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno" (cfr. Lc 4, 13). No se le acercó más hasta la agonía en Getsemaní, hasta el momento de la batalla decisiva entre la vida y la muerte.
Hay que destacar dos cosas: primero, que Jesús usa la frase "está escrito". Esta frase indica la autoridad divina de la Palabra, inspirada por Dios. Jesús hace uso de esta autoridad, propia de su naturaleza divina. Más adelante, Jesús hace uso de la frase "está escrito... pero Yo os digo". Jesús renueva la autoridad de la Palabra, la actualiza y le da su cumplimiento. Pero Jesús no usa ahora el "... pero Yo os digo", ya que no ha empezado su ministerio público.
Segundo, las tentaciones a las que es sometido Jesús son todas en provecho personal: Él tiene hambre, a Él se le ofrecen las riquezas del mundo, y Él es sometido al miedo ante el dolor. Son todas en beneficio de sí mismo. Y por eso mismo Jesús las rechaza: Él no vino a ser servido, sino a servir; vino para el bien del mundo, no de sí mismo; y así lo demuestra con su Pasión y su Muerte: podría haberlas evitado, pero no lo hizo. Y con ello nos enseña la obediencia con base en la humildad.
Sin duda, Cristo no podría haber caído en la tentación, pero el fin de haber sido tentado es discernir cómo sería su vida pública: con las mismas tentaciones, disfrazadas en los rostros de los fariseos y de los maestros de la Ley. Estas tentaciones son una prefigura de lo que le tocaría vivir.
Por último, este trozo del Evangelio es una enseñanza de vida: cómo debemos enfrentar las tentaciones de la cotidianidad. A nosotros nos costará más, pero no por eso debemos enfrentarla con menos tesón. Y con mayor razón en este tiempo de Cuaresma, en el que debemos reflexionar sobre nuestra dimensión de pecadores, y cómo afrontar esta misma dimensión de nuestra existencia.
