Universalis Catholic Hierarchy ACI Prensa

sábado, febrero 24, 2007

"...durante cuarenta días, tentado por el diablo" (cfr. Lc 4, 2)

Nos adentramos en el tiempo de Cuaresma, el que empezamos el Miércoles de Ceniza. Y hoy vivimos el primer Domingo cuaresmal, en el cual el Evangelio nos relata el retiro de Cristo en el desierto y las tentaciones que sufrió. "Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo" (Lc 4, 1-2).

El relato principal de este trozo del Evangelio son las tentaciones sufridas por Jesús después de haber ayunado y orado durante cuarenta días. "No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: 'Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan'. Jesús le respondió: 'Está escrito: No sólo de pan vive el hombre'" (cfr. Lc 4, 2-4). Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, sintió hambre, sed, pena, alegría, dolor, amargura, desesperación, y todos los sentimientos humanos existentes. Por tanto, sintió la tentación de convertir las piedras en pan, para saciar su hambre. Pero Jesús responde: "Está escrito: 'No sólo de pan vive el hombre'". El hombre no sólo debe alimentar el cuerpo, sino también el espíritu. No sólo debe cultivar las cosas terrenas, sino también las celestes, ni debe solamente acatar las leyes humanas, sino también las divinas. Mateo, en esta parte, dice: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (cfr. Mt 4, 4). El alimento no es sólo corporal: también está el alimento espiritual, el que nos edifica, nos enseña y nos convierte en personas mejores.
"Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: 'Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya'. Jesús le respondió: 'Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto'" (Lc 4, 5-8). El diablo primero presenta la tentación de satisfacer el hambre de alimento; ahora, presenta el hambre de poder y de gloria. A cambio, eso sí, que Jesús se postre ante él y le adore. Pero Cristo no cede y le responde: "Está escrito: 'Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto'". El único culto de adoración está dedicado a Dios. Nadie más es digno de tal culto. El culto al dinero, al sexo, al mismo hombre, son idolatrías. Por otro lado, Jesús comprende la debilidad humana, y sabe que, poseyendo las riquezas terrenas, sería más fácil reinar "en nombre de Dios", por medio de sobornos, extorsiones o ofrecimientos de riquezas, las que merman la libertad y la verdadera conciencia humana.
"Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: 'Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna'. Jesús le respondió: 'Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios'" (Lc 4, 9-12). Por último, Jesús es sometido a la tentación de evitar el sufrimiento. El diablo le dice que si es Hijo de Dios, se arroje, así como los fariseos, los maestros de la Ley y "los que pasaban por ahí" le dirían, tres años más tarde, que se baje de la cruz y se salve (Mt 27, 39-44). Jesús es tentado a usar su poder divino para esquivar el dolor inminente de la vida. Pero Jesús sabe que este dolor es parte del plan salvífico, y responde: "Está escrito: 'No tentarás al Señor tu Dios'". Esta es la cita bíblica definitiva que usa Jesús contra el diablo. Y el Evangelio nos dice que, después de eso, "el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno" (cfr. Lc 4, 13). No se le acercó más hasta la agonía en Getsemaní, hasta el momento de la batalla decisiva entre la vida y la muerte.

Hay que destacar dos cosas: primero, que Jesús usa la frase "está escrito". Esta frase indica la autoridad divina de la Palabra, inspirada por Dios. Jesús hace uso de esta autoridad, propia de su naturaleza divina. Más adelante, Jesús hace uso de la frase "está escrito... pero Yo os digo". Jesús renueva la autoridad de la Palabra, la actualiza y le da su cumplimiento. Pero Jesús no usa ahora el "... pero Yo os digo", ya que no ha empezado su ministerio público.
Segundo, las tentaciones a las que es sometido Jesús son todas en provecho personal: Él tiene hambre, a Él se le ofrecen las riquezas del mundo, y Él es sometido al miedo ante el dolor. Son todas en beneficio de sí mismo. Y por eso mismo Jesús las rechaza: Él no vino a ser servido, sino a servir; vino para el bien del mundo, no de sí mismo; y así lo demuestra con su Pasión y su Muerte: podría haberlas evitado, pero no lo hizo. Y con ello nos enseña la obediencia con base en la humildad.

Sin duda, Cristo no podría haber caído en la tentación, pero el fin de haber sido tentado es discernir cómo sería su vida pública: con las mismas tentaciones, disfrazadas en los rostros de los fariseos y de los maestros de la Ley. Estas tentaciones son una prefigura de lo que le tocaría vivir.
Por último, este trozo del Evangelio es una enseñanza de vida: cómo debemos enfrentar las tentaciones de la cotidianidad. A nosotros nos costará más, pero no por eso debemos enfrentarla con menos tesón. Y con mayor razón en este tiempo de Cuaresma, en el que debemos reflexionar sobre nuestra dimensión de pecadores, y cómo afrontar esta misma dimensión de nuestra existencia.

martes, febrero 20, 2007

In tempore Quadragesimae

Este miércoles empezamos la Cuaresma. Cuarenta días de penitencia y oración, de reflexión e interioridad, preparándonos para la adveniente Semana Santa.
Su Santidad Benedicto XVI se refiere a la Cuaresma como "los 40 días para experimentar la locura del amor de Dios". Y vaya locura la de dejarse matar por nosotros...
Estos cuarenta días, en los cuales la liturgia adopta el color morado y omite el Gloria y el Aleluya indicando austeridad y penitencia, están dedicados por la Iglesia a la sencillez, a la mortificación y a la caridad. Imitamos a Cristo en el desierto durante 40 días de privaciones y oración, para una mayor sintonía con Dios en el trascendental período de tiempo que es la Semana Santa, para estar abiertos y dispuestos a los cambios y exigencias que nos pide la vida cristiana, para comprender de una vez por todas que el misterio pascual no es un misterio de tristeza ni sufrimiento, sino de alegría, gozo y esperanza: nuestra liberación de las ataduras del pecado gracias a la muerte redentora de Jesucristo.
Empezamos la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza. En este día, la Iglesia celebra un sacramental dentro de la liturgia: la imposición de la ceniza. Se traza una cruz en la frente de la persona, diciendo: "Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás". Recuerda que eres mortal, que tu perspectiva final es la muerte, pero gracias a Cristo crucificado y Resucitado, ya no es más la muerte eterna, sino la muerte como paso hacia Dios. Recuerda que no puedes escapar a tu condición humana pecadora y mortal, pero que en esta misma condición se te otorga la posibilidad de la comunión eterna con Dios. Gracias a Jesucristo, la muerte no debe ser más motivo de tristeza ni de sufrimiento, sino motivo de gozo y alegría.
Luego del Miércoles de Ceniza y el Primer Domingo de Cuaresma, se siguen cinco semanas, en medio de las cuales el IV Domingo de Cuaresma, el llamado Domingo de Laetare, interrumpe el morado en la Liturgia y cambiándola por el rosado, anticipándonos que la alegría ya viene (su nombre procede de la Liturgia misma de ese día, ya que el Introito comenzaba "Laetare, Hierosolyma...", que en latín significa "Alégrate, Jerusalén..."), que el fin de la penitencia ya se asoma y que lo que ha de venir, con toda seguridad vendrá.
Y la Cuaresma concluye con el Domingo de Ramos, el Domingo en el cual Jesús es recibido glorioso entre cánticos y ramos de olivos. Este es el primer día de Semana Santa.

La Cuaresma son 40 días en los cuales debemos meditar sobre la gracia de haber recibido al Redentor, el sacrificio que Él hizo por nosotros y el Amor conque nos amó y por el cual murió.
Sin duda es, en palabras del Papa, "la locura del amor de Dios".

sábado, febrero 17, 2007

"Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo" (Lc 6, 36)

"Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen" (Lc 6, 27-28).
Estas palabras del Evangelio del VII Domingo del Tiempo Ordinario (C), nos muestran una faceta típica del mensaje de Jesús: el amor. "Amen a sus enemigos". ¿Cómo amar a quien nos odia, a quien nos tiene resentimiento?
El Evangelio de este domingo, tomado del capítulo 6 de Lucas, y que se extiende desde el versículo 27 hasta el 38, es una directriz clara del mensaje mesiánico: amar incondicionalmente. La frase que da título a este comentario se puede entender de esta manera: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso". Es decir, el mandato de Cristo es: Amen entrañablemente, así como vuestro Padre os ama entrañablemente. Y esto es, sin condicionamientos, ni resentimientos: gratuitamente. Así, es posible amar incluso a quien no nos ama: el Amor no espera nada a cambio, es gratuito. Y es esa gratuidad la que nos permite amar a quienes no nos aman, ya que nos entregamos gratuitamente.

"Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente" (Lc 6, 29-31). Esta no es una orden de pasividad ciega. Hay que aprender a ser sumisos, siempre considerando el respeto de la propia integridad: una humildad consciente y madura. Ser humilde a semejanza de Jesús, que se hizo obediente y humilde hasta la muerte, pero que supo alzar su voz y reprender a los fariseos, a los maestros de la Ley y aun a los mismos Apóstoles cuando correspondía. Es decir, como nos explica el Papa Benedicto XVI, hay que "responder al mal con el bien, rompiendo de tal forma la cadena de la injusticia" (Ángelus dominical para el VII Domingo del Tiempo Ordinario).

"Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos" (Lc 6, 32-35). Aquí Jesús refuerza su mensaje con ejemplos. No hay mérito en amar a quienes nos aman; eso no es verdadero amor, ya que espera ser amado para amar. No hay mérito en hacer el bien a quien nos trata bien: eso no es amar gratuitamente. Y no hay mérito en hacer favores si esperamos a cambio: ¿qué sentido tiene decir, entonces, "De nada", o "No hay por qué"? Los verdaderos favores son gratuitos, ya que nos permite entregarnos completamente. En cambio, esperar de regreso nos ata a a esperar la recompensa.
Esforcémonos por vivir, amar y hacer el bien gratuitamente, ya que la verdadera recompensa la dará el Padre en el cielo.

"Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá" (Lc 6, 36-38). El ser compasivo es equivalente a ser misericordioso, así como Dios lo es. Es decir, amar incondicionalmente, gratuitamente. El juzgar es vernos superiores a los demás, dejando la gratuidad de lado. Perdonar es dejar de lado las iras y los rencores. Dar, pero sin esperar nada a cambio. Y Jesús nos da a conocer el premio eterno que el Padre nos dará. "Porque con la medida con que midáis se os medirá" (cfr. ibidem). Si amamos mucho, recibiremos lo mismo, mucho amor. Pero debe ser verdadero amor, porque si no, ¿qué sentido tiene?

Ser misericordiosos es vivir de acuerdo a la sustancia divina, es vivir en sintonía con Dios. Y es esta manera de vivir la que caracteriza a los santos y a las personas que son ejemplo cristiano de vida. Es esta forma de vivir la que Dios nos pide que vivamos, ya que es un anticipo del cielo, de la vida con Dios. Esforcémonos, pues, en seguir este mandato de Jesús y seremos felices, en plena sintonía con Dios.

sábado, febrero 10, 2007

El Valor de la Felicidad

"¿Cuánto vale tu felicidad?", pregunta un spot publicitario de por ahí. Y esta pregunta aparece en la vida de una persona muchas veces. Siempre nos cuestionamos qué hacer para ser felices. Y pensamos encontrar la felicidad en muchas partes: comprando en los malls, viendo televisión, jugando PlayStation... en suma, entreteniéndose.
Pero la felicidad no es lo mismo que la entretención. La entretención es pasajera; en cambio, la felicidad es permanente.
La felicidad es más que eso. La felicidad no es sólo verse contento: es ver que los demás también lo son. Es decir, no es una sensación ni un sentimiento egoísta, sino que se abre a los demás. No se queda solamente en uno mismo, sino que se comparte con mis hermanos y se entrega a ellos.

En el Evangelio, Jesús nos presenta las Bienaventuranzas como modelo de felicidad. Mateo recoge ocho bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). En cambio, Lucas recoge sólo cuatro (cfr. Lc 6, 20-26) y añade cuatro advertencias o lamentaciones. Como el predicador apostólico, P. Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap, señala en su reflexión para el VI Domingo del Tiempo Ordinario (C), Mateo expone a los "pobres de espíritu"; en cambio, Lucas se limita a "los pobres", dando una connotación de pobreza material.

Pero, ¿qué son las Bienaventuranzas?
Jesús nos dice que "el Espíritu del Señor (está) sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19). Y Jesús precisamente habla de ellos en sus Bienaventuranzas. Nos habla de los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, y de nosotros mismos cuando nos injurien, y nos persigan y digan con mentira toda clase de mal contra nosotros por Su causa (véase Mt 5, 3-11); y a cada uno le otorga un motivo de consuelo.
Podemos ver que las personas de las Bienaventuranzas son personas en problemas con el mundo o con necesidades: pobreza, tristeza, hambruna, sed, los ofendidos, los perseguidos y los injuriados. Entonces, ¿cómo pueden ser felices ellos con tantos problemas?
Bueno, porque los Bienaventurados necesitan, y en la necesidad ven a Dios. Las Bienaventuranzas son una prefigura del Reino, no por el problema que enuncian, sino por el consuelo prometido por Jesús. Los Bienaventurados son los Felices, ya que ven a Dios como fuente de tranquilidad en medio de sus problemas. "La alegría del Hombre es la visión de Dios, así como la alegría de Dios es la salvación del Hombre" (San Ireneo).
Pero, si nos damos cuenta, entre los Bienaventurados no se nombra a "las personas solas", pero solas en el sentido de "soledad autoestablecida"; no de personas "solteras". "Soledad" en el sentido de egoísmo. Y esto es debido a que ellos no necesitan a nadie: ni a Dios, ni a los demás hombres, a nadie. Sólo se bastan con ellos. Y eso es cerrarse a la relación con otras personas quedándose en un egoísmo autoimpuesto. Tal cosa no puede ser felicidad, y por lo tanto no puede formar parte del Reino.

Las Bienaventuranzas son el anuncio de lo que recibiremos en el Reino de nuestro Padre. Así, pues, esforcémonos por ser bienaventurados, es decir: necesitemos de Dios, no nos despeguemos de Él ni le arrojemos al basurero como algo inútil, nunca. Y seamos ávidos en pedir que el Reino venga, para llegar a ser verdaderamente felices.