"Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 22)
Hoy, Solemnidad de Pentecostés, la Iglesia recibe el Espíritu Santo que la impulsará durante su tarea de anunciar y construir el Reino de Dios. Y, junto con la Iglesia, todos recibimos al Paráclito, para que Él nos conceda sus dones sagrados y poder llevar a buen fin esta tarea evangelizadora.
Leemos en la Primera Lectura el relato de los Hechos de los Apóstoles, en el que Lucas nos narra la venida del Espíritu sobre los discípulos. Y en el Evangelio, vemos cómo, después de la Resurrección, Jesús les comunica el Espíritu a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. "A la tarde de ese mismo día, el primero de la semana, y estando, por miedo a los judíos, cerradas las puertas de donde se encontraban los discípulos, vino Jesús y, de pie en medio de ellos, les dijo: '¡Paz a vosotros!'. Diciendo esto, les mostró sus manos y su costado; y los discípulos se llenaron de gozo, viendo al Señor. De nuevo les dijo: '¡Paz a vosotros! Como mi Padre me envió, así Yo os envío a ustedes'" (Jn 20, 19-21). Junto con el Espíritu, Jesús les comunica la misión de ser enviados (apóstoles) en el mundo y testimoniar su Evangelio. Son dos realidades que no pueden estar separadas.
"Y dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonaréis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis, quedan retenidos'" (Jn 20, 22-23). Así, Cristo constituye su Iglesia y le infunde como alma al Espíritu de Dios.
En este trozo del Evangelio previo a la Ascensión, Jesucristo anticipa lo que será el día de Pentecostés y la venida del Espíritu. El soplar es un signo de entregar, así como Cristo "entregó el Espíritu" al morir, según san Juan. Así, al soplar, les entrega el Espíritu para la plena realización de la misión de "hacer de todos los pueblos mis discípulos" (cfr. Mt 28, 19) y "serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8).
Oremos para que este mismo Espíritu que impulsó a los Apóstoles en su predicación, nos impulse a nosotros y sobre todo al Papa y a los obispos reunidos en Aparecida, para velar por el bien de la Iglesia latinoamericana y de todo el mundo. Que sea el Defensor quien nos ilumine y nos guíe en este camino hacia Dios.
Leemos en la Primera Lectura el relato de los Hechos de los Apóstoles, en el que Lucas nos narra la venida del Espíritu sobre los discípulos. Y en el Evangelio, vemos cómo, después de la Resurrección, Jesús les comunica el Espíritu a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. "A la tarde de ese mismo día, el primero de la semana, y estando, por miedo a los judíos, cerradas las puertas de donde se encontraban los discípulos, vino Jesús y, de pie en medio de ellos, les dijo: '¡Paz a vosotros!'. Diciendo esto, les mostró sus manos y su costado; y los discípulos se llenaron de gozo, viendo al Señor. De nuevo les dijo: '¡Paz a vosotros! Como mi Padre me envió, así Yo os envío a ustedes'" (Jn 20, 19-21). Junto con el Espíritu, Jesús les comunica la misión de ser enviados (apóstoles) en el mundo y testimoniar su Evangelio. Son dos realidades que no pueden estar separadas.
"Y dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonaréis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis, quedan retenidos'" (Jn 20, 22-23). Así, Cristo constituye su Iglesia y le infunde como alma al Espíritu de Dios.
En este trozo del Evangelio previo a la Ascensión, Jesucristo anticipa lo que será el día de Pentecostés y la venida del Espíritu. El soplar es un signo de entregar, así como Cristo "entregó el Espíritu" al morir, según san Juan. Así, al soplar, les entrega el Espíritu para la plena realización de la misión de "hacer de todos los pueblos mis discípulos" (cfr. Mt 28, 19) y "serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8).
Oremos para que este mismo Espíritu que impulsó a los Apóstoles en su predicación, nos impulse a nosotros y sobre todo al Papa y a los obispos reunidos en Aparecida, para velar por el bien de la Iglesia latinoamericana y de todo el mundo. Que sea el Defensor quien nos ilumine y nos guíe en este camino hacia Dios.
