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martes, octubre 16, 2007

"Vosotros sois luz del mundo..." (Mt 5, 14)

Jesús nos dice que somos "sal de la tierra" y "luz del mundo". Pero, ¿de qué sirve ser sal y luz, si no condimentamos y no iluminamos?

En el último tiempo, me ha tocado tratar con personas que dicen que son "cristianas", así a secas.

Una luz débil en medio de las tinieblas hace que parezca un poco más iluminado, pero sólo en un poco de su entorno; el resto parece estar más oscuro que antes. Esa luz débil y mortecina son(¿o, más bien, somos?) los cristianos que no viven (o vivimos) la fe como se debe, una fe que ilumine y dé sabor a esta nuestra vida.

El Señor nos invita a ser sal de la tierra y luz del mundo. ¿Cómo respondemos a ese llamado que es, a la vez, una orden divina?