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domingo, diciembre 16, 2007

Jesús de Nazaret: un comentario (III)

Hola. Aquí está la siguiente parte de mi comentario.


El Evangelio del Reino de Dios

En este capítulo, el Papa hace una reflexión sobre el verdadero significado del concepto del “Reino de Dios”. Y llega a la conclusión de que el Reino de Dios implica necesariamente la “soberanía de Dios”, y que este Reino es Jesús mismo. Cita a Orígenes, que denominó a Jesús como autobasileía, el reino en persona.
Dentro de los comentarios que hace el Santo Padre en este capítulo, hay una idea que él expone que me parece digna de ser comentada. El Papa afirma que “…es necesario dar el paso hacia el reinocentrismo, hacia la centralidad del reino. Éste sería, al fin y al cabo, el corazón del mensaje de Jesús, y ésa sería la vía correcta para unir por fin las fuerzas positivas de la humanidad hacia el futuro del mundo; 'reino' significaría simplemente un mundo en el que reinan la paz, la justicia y la salvaguardia de la creación… (…) Por otra parte, todas ellas (las otras religiones) podrían conservar sus tradiciones, vivir su identidad, pero, aun conservando sus diversas identidades, deberían trabajar por un mundo en el que lo primordial sea la paz, la justicia y el respeto de la creación.
Esto suena bien: por este camino parece posible que el mensaje de Cristo sea aceptado finalmente por todos sin tener que evangelizar las otras religiones...”
(cfr. p. 81). Al decir esto, parecería que el Papa plantea que la Iglesia, en pro de la construcción del reino, debería renunciar a su tarea fundamental por la construcción de un mundo que es, por decir lo menos, utópico. La Iglesia no puede dejar de evangelizar; el fin no justifica los medios. Eso no sería un verdadero intento ecuménico, sino que sería apostasía. Sin duda, la Iglesia debe respetar a las otras religiones y promover el movimiento ecuménico; pero no puede abandonar la misión que el Señor en persona le ha encomendado. La construcción de ese Reino del que habla el Papa implicaría un reino meramente mundano, sin poseer el sentido que Jesús le otorga: el Reino de los Cielos, la verdadera soberanía de Dios: aquel reino que concede la verdadera salvación al hombre. Pareciera, al leer superficialmente el texto, que el Papa apoyara esta tesis; pero si seguimos leyendo, descubrimos la verdadera intención del Papa al escribir estas palabras: denunciar el falso movimiento ecuménico. Al renunciar a Cristo, la Iglesia deja ser Iglesia, pierde su sustento fundamental: Dios mismo. “A decir verdad, si analizamos el razonamiento en su conjunto, se manifiesta como una serie de habladurías utópicas, carentes de contenido real… (…). Pero lo más importante es que por encima de todo destaca un punto: Dios ha desaparecido, quien actúa ahora es el hombre. El respeto por las 'tradiciones' religiosas es sólo aparente… (…). La fe, las religiones, son utilizadas para fines políticos… (…). La semejanza entre esta visión postcristiana de la fe y de la religión con la tercera tentación resulta inquietante” (p. 82). Es realmente cierto: la construcción del verdadero Reino de Dios no puede significar la renuncia a la evangelización.


El sermón de la montaña

Debido a la extensión de este capítulo, dividiré el análisis de éste en varios fragmentos.

a) Antes de todo: El Papa vuelve a destacar el papel de Jesús como el “nuevo Moisés”, como Aquel que habla de pie, con verdadera autoridad, y emula el monte Tabor al Sinaí, el monte en el que Dios da a conocer Su Mensaje y Su Ley: las Bienaventuranzas.
b) Las Bienaventuranzas: No es la intención de este informe analizar en profundidad o dar a conocer el texto íntegro del libro del Papa, y menos en esta parte del texto que es tan extensa. Además, cada bienaventuranza es tan ricamente explicada, que es mejor (a mi juicio) recomendar la lectura del libro. Destacar, solamente, que la Bienaventuranza de los “pobres de espíritu”, una de las más difíciles de interpretar, es, para el Papa (y sin duda acertadísimamente), recogida en una de las figuras más conocidas del catolicismo: san Francisco de Asís. Él encarna muy bien esta Bienaventuranza.
c) La Torá del Mesías: Para el resto de este capítulo, Benedicto XVI se basa en el libro del erudito judío Jacob Neusner A Rabbi talks with Jesus (Un rabino habla con Jesús). Su Santidad hace un análisis de la nueva Torá de Jesús, entendiendo ésta como el mensaje de Cristo, y analizando los siguientes puntos: Se ha dicho – pero Yo os digo; La disputa del sábado; El cuarto mandamiento: la familia, el pueblo y la comunidad de los discípulos de Jesús; y Compromiso y radicalidad profética. No entra en las aspiraciones de este informe explicar cada uno. Me limitaré a enunciarlos; pero se puede notar que son todos aspectos que producen roces con el judaísmo, tanto el de la época de Cristo como el actual. Es decir, el fin de este capítulo es mostrar la radicalidad del mensaje de Jesucristo.


La oración del Señor

La oración del Padrenuestro, también llamada "La Oración Dominical", o "La Oración del Señor" ("The Lord's Prayer", en inglés), es la oración por excelencia del cristiano; es, junto a la cruz, el distintivo de la religión cristiana. En este capítulo, el Papa analiza cada una de las frases o peticiones del Padrenuestro. No busco exponer detalladamente cada una; por ello, a cada una de las peticiones emparejaré el o los aspectos fundamentales que resuman el análisis hecho por el Papa.
-Padre Nuestro, que estás en el cielo: Saber que Dios es nuestro Padre y es cercano a nosotros. No es un dios distante, sino que es un Dios que nos ama y por ello “toma nuestra condición de esclavos” (cf. Flp 2, 7).
-Santificado sea tu nombre: Lo relaciona con el Segundo Mandamiento del Decálogo. Además, por habernos revelado su nombre de Padre, remarca la cercanía divina con el hombre.
-Venga a nosotros tu reino: Vuelve al concepto de “soberanía de Dios”. Insiste en que esta petición es un llamado a la sumisión a la voluntad de Dios.
-Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: La conciencia como conocimiento de la voluntad de Dios. Allí donde se hace Su Voluntad, está el Cielo; luego Jesucristo, que cumple íntegramente la Voluntad del Padre, es el Cielo.
-Danos hoy nuestro pan de cada día: Conciencia y solidaridad social. Petición por sobre todo eucarística.
-Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: ¿Qué es el perdón? El Papa hace una profundización de éste, su relación con la Cruz y el significado cristológico de esta petición.
-No nos dejes caer en tentación: Diferencia entre tentación y prueba. Exhortación a la confianza en Dios. Santidad y prueba.
-Y líbranos del mal: El mal como amenaza social y realidad diabólica. Relación entre esta petición y las precedentes.

Finalmente, cabe mencionar que, al principio de este capítulo, el Papa explica de que, en el Evangelio de Mateo, el Padrenuestro está precedido por una breve catequesis de la oración. Allí el Santo Padre explica las formas incorrectas (o mejor dicho incongruentes con el creyente) de orar, y expone la forma verdadera. Además, para introducir la explicación de las peticiones, se sitúa en el Evangelio de Lucas, donde, una vez que el Señor ha terminado de orar, los discípulos le piden: "Y sucedió que, estando Él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: 'Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos'" (Lc 11, 1), y hace notar la primacía de Dios manifestada en el Padrenuestro.

domingo, diciembre 02, 2007

Jesús de Nazaret: un comentario (II)

He aquí otra parte de mi comentario al nuevo libro de Benedicto XVI.


Jesús de Nazaret, el primer libro de Joseph Ratzinger como Papa Benedicto XVI, está dividido en diez capítulos. Creo que, por ser un texto no-literario, cada capítulo posee una estructura y contenidos particulares, y no es fácil (por no decir que es casi imposible) comentarlo en su totalidad, sin dejar de lado aspectos fundamentales de éste. Por ello, a lo largo del presente informe, haré una breve reseña de cada uno de los apartados, y finalmente, una vez mencionados los contenidos particulares, emitiré un comentario global.


La introducción

Dentro de los libros de Su Santidad, es posible ver que él concede una importancia destacable a lo que son las introducciones y los prólogos; y este libro no es la excepción. La introducción posee una longitud considerable pero a la vez totalmente justificada.
En la introducción de esta obra, el Papa otorga pruebas de la misión mesiánica de Jesús, dando citas bíblicas veterotestamentarias: "'El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le escucharéis'" (Deut 18, 15; cfr. p. 24). "Pero no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara..." (Deut 34,10; ibidem). El Papa llama a Jesús “el nuevo Moisés”, alguien con quien Dios Padre trata “cara a cara”. Y claro que lo hacía. Por lo tanto, Jesús es el “profeta” prometido en el Deuteronomio; y Benedicto XVI se apresura en hacer notar que el profeta no había llegado al momento de escribir el Deuteronomio, mucho tiempo antes de Jesús.
Dentro de la misma introducción, el Papa profundiza el concepto de “profeta”, su significado y esencia; con ello busca aclarar que Jesús no era un profeta propiamente tal, sino la misma persona que habría de venir a comunicar el mensaje, que, para el Santo Padre, es Jesús mismo: Él es el emisor y el mensaje.


El bautismo de Jesús

En este capítulo, el Papa busca explicar, fundamentalmente, un “conflicto” que surge frente al bautismo de Jesús; el significado de éste lo trata sólo tangencialmente. Este “conflicto” (y digo conflicto entre comillas, puesto que no es tal) es: ¿Por qué Jesús, siendo el Justo y el Santo de Dios, debe bautizarse?
El bautismo de Juan implicaba una confesión general de los pecados, como nos explica el Papa (cf. Mc 1,5). Pero ¿qué pecados debe confesar el Señor, siendo que Él, en palabras del Apóstol, "'ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado'" (cf. Hb 4, 15)? El mismo Juan le reprocha a Jesús su actuar: "'Soy yo el que necesita que me bautices, ¿y Tú vienes a mí?' Jesús le contestó: 'Déjalo ahora. Está bien que cumplamos toda justicia'. Entonces Juan lo permitió"(Mt 3, 14-15).
El Papa mismo nos da la respuesta: el Señor debe confesar los pecados, pero no los propios, sino los de la humanidad toda: la previa a Él, la contemporánea a Él y la posterior a Él. Aquí, el Papa hace una analogía entre el bautismo y la Cruz: con ambos se borran los pecados del ser humano. Para ello, Su Santidad se basa en la iconografía de las Iglesias orientales, y cita a los Padres orientales Cirilo de Jerusalén y Juan Crisóstomo.
Finalmente, el Papa hace alusión a la frase que Juan coloca en boca del Bautista: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29), y vuelve a explicar esta expresión como análoga de las anteriores, y muestra nuevamente que el Bautismo de Cristo es una prefigura de la Crucifixión.


Las tentaciones de Jesús

Haciendo una interpretación de las tentaciones en el desierto, el Papa nos muestra que estas tentaciones son tan actuales que nos toca enfrentarlas día a día, si bien sin la “magnificencia” o sin las “imágenes apoteósicas” con las que el Evangelio narra que las vivió Jesús. Cada una de las tentaciones es factible de ser encontrada en nuestra cotidianeidad, ajustada a nuestra realidad.
Pero primero analiza el significado de los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto. Para ello vuelve a mencionar a los Padres apostólicos y la interpretación numérica: el significado del número 40 es una expresión simbólica de la historia de este mundo.
La primera y la segunda tentaciones poseen un carácter común: son ambas expresiones de desafío a Dios, puesto que tratan inútilmente de herir, en los cimientos, el impulso redentor de Cristo y mostrarle su “falta de poder” mundano, que es el que salva según el demonio.
La primera tentación (convertir las piedras en pan), como lo dirá más adelante, “plantea toda la misión del Mesías” (p. 310), puesto que el demonio busca hacer dudar a Cristo de su misión mesiánica.
Asimismo, el Papa menciona a Vladimir Soloviev y su Breve relato del Anticristo, en el que el Anticristo recibe el doctorado honoris causa en teología en la Universidad de Tubinga; es decir, es un gran experto en la Biblia y en lo que es Dios.
Por último, y explicando la última tentación (la del gobierno terrenal, o una emulación del “reino”), el Santo Padre nos presenta un hecho bastante desconocido. Todos sabemos que Barrabás era un bandido, pero san Mateo lo presenta como un “preso famoso” (cf. Mt 27, 16), quizá un caudillo líder de un movimiento revolucionario. Por lo tanto, Barrabás también era un posible “Mesías”. Ello resulta más evidente si escuchamos a Orígenes, que menciona que Barrabás se llamaba “Jesús Barrabás” (literalmente, "Jesús hijo del padre", nombre con un alto significado mesiánico. Jesús también podría ser llamado de esa manera: “bar-abbá”,"hijo del Padre”; así, el conflicto de elección entre dos figuras mesiánicas alcanza un punto crítico, al tener que optar entre dos Mesías “igualmente posibles”).
Esta es la nueva tentación social: el elegir entre un líder con poder temporal o uno con poder espiritual, elegir entre la vida terrenal o la vida eterna.
“Por tanto, la tercera tentación de Jesús resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta de qué debe hacer un salvador del mundo (…). El Señor explica inmediatamente que el concepto de Mesías debe entenderse desde la totalidad del mensaje profético: no significa poder mundano, sino la cruz y la nueva comunidad completamente diversa que nace de la cruz” (cfr. p. 67). Por ello el Señor afirma que el Reino de Dios no es un reino terrenal, pues ninguno de los reinos terrenos asegura la salvación.
Benedicto XVI también hace notar que, en la tercera tentación, Jesús es llevado “a lo alto de un monte”, y allí se le muestran todos los reinos; es decir, el poder. Jesús rechaza ese poder; mas, una vez resucitado, afirma en lo alto del monte: "'Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra'" (Mt 28, 18). Ahora es cuando posee el verdadero poder, el poder salvador: la Resurrección lo constituye Señor de la Historia. Pero es sólo la Resurrección la que hace posible que Jesús tenga ese poder; es decir, la Cruz y el monte Calvario son necesarios para poder salvar al hombre. Esto no significa que no tuviera ese poder antes de morir y resucitar, sino que ese poder se hace efectivo en el ser humano después de la Pasión: con la muerte de Cristo el hombre es salvado. Es decir, las tentaciones tienen una orientación tanto cristológica como escatológica y soteriológica: son un anticipo de lo que le tocará vivir a Cristo durante el resto de su vida, y es una muestra de que lo que nos tocará vivir a nosotros, pero sin perder de vista el horizonte de la Cruz y de la Redención.


En otra ocasión publicaré otro trozo de mi texto.