Oculus seipsum mirare non potest: Breve ensayo introductorio a la fenomenología desde la perspectiva de un alumno de IVº Medio
El concepto de "fenómeno", propiamente tal, surge con Kant, cuando hace la distinción entre "noúmeno" o realidad profunda, verdadera, y "fenómeno", o aquello que se presenta al observador. Así, "fenomenología" es el "estudio del fenómeno", o de aquella realidad perceptible.
Aquí surge la pregunta: ¿para qué estudiar el fenómeno, cuando éste no es más que una "sombra" de la realidad? ¿No es mejor estudiar al noúmeno en sí mismo? ¿Es posible una noumenología?
Estas preguntas, muy platónicas (en orden al paralelo entre fenómeno-noúmeno y los mundos sensible-intangible de Platón), es respondida de la siguiente manera. Es imposible estudiar al noúmeno en sí mismo. La única manera de estudiarlo es a través del fenómeno, el cual no es una mera sombra, sino que es el puente de acercamiento más certero hacia el noúmeno y, más en el fondo, hacia la Realidad Transfenoménica. Por ello, es que surge la fenomenología. Del mismo modo, no es posible una "noumenología" propiamente tal, o mejor dicho, la noumenología más factible es la fenomenología.
El alcance de la fenomenología en la filosofía es apreciado por primera vez en Kant, aunque se había usado el término en ocasiones anteriores pero sin el mismo sentido. No obstante, la fenomenología alcanza su mayor exponente con Husserl. Es él quien estructura definitivamente la fenomenología y le da la importancia que posee ahora. Otros exponentes de la fenomenología son Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Max Scheler, Martin Heidegger, Edith Stein, Karol Wojtyla, entre otros.
Si bien es posible establecer una "fenomenología del Espíritu", al estilo hegeliano (o una "transfenomenología"), la fenomenología, por sí sola no puede desarrollar una filosofía metafísica. Sólo con el sustento de la Fe (que pasaría a constituir los "fenómenos" de las realidades trascendentes) se puede llegar a una "transfenomenología" sincera, que no es más que una metafísica. Aristóteles, al hablar metafísicamente, hablaba en términos "fenomenológicos", apoyado en su fe politeísta. Asimismo, Karol Wojtyla desarrolla la misma idea al ambicionar unir tomismo con fenomenología, en la llamada "escuela ética de Lublín".
Desde mi punto de vista, la fenomenología implica un modo objetivo de preguntar por el fenómeno. Entonces, si el noúmeno es el ser humano y/o sus relaciones interpersonales, este método es insuficiente, puesto que el observador debería incluirse en el noúmeno.
Ahora bien, tomemos como nuestro noúmeno un acontecimiento histórico-social. Por ejemplo, si analizamos fenomenológicamente las Revoluciones Estudiantiles tanto del 2006 como del 2008, apreciamos que el desarrollo de ambas es debida a los estudiantes. La forma de manifestación era pacífica en la mayor parte de ellos. Sólo unos pocos eran los revoltosos, y el resto, azuzado por ellos, tomaron esa actitud.
Como nuestro noúmeno son las Revoluciones, el fenómeno es aquello que percibimos de éstas. Si no fuimos testigos presenciales, nuestro fenómeno serán las noticias que observamos o leemos. Éstas nos permiten llegar a una interpretación de las revoluciones, pero nunca al noúmeno en sí mismo. En ese sentido, el fenómeno es, como ya dijimos, un puente hacia el noúmeno, pero noúmeno interpretado, no el verdadero.
Ahora, si bien el fenómeno y el noúmeno son realidades distintas, pero integrales, y consideramos estudiar al fenómeno en sí mismo, el fenómeno (como concepto) es fenómeno y noúmeno al mismo tiempo. No obstante, el fenómeno percibido (fenómeno) es distinto del fenómeno observado (noúmeno). Por lo tanto, es perfectamente posible hacer, nuevamente, la distinción entre "fenómeno" y "noúmeno", puesto que si bien son ambos "fenómenos" en su esse, son distintos para el observador. Aquí es donde surge el nombre del artículo, una analogía planteada por el profesor Charles Abello: "El ojo no puede mirarse a sí mismo".
Eso por ahora. Pronto editaré la próxima parte de mi comentario de "Jesús de Nazaret", de Benedicto XVI.
Aquí surge la pregunta: ¿para qué estudiar el fenómeno, cuando éste no es más que una "sombra" de la realidad? ¿No es mejor estudiar al noúmeno en sí mismo? ¿Es posible una noumenología?
Estas preguntas, muy platónicas (en orden al paralelo entre fenómeno-noúmeno y los mundos sensible-intangible de Platón), es respondida de la siguiente manera. Es imposible estudiar al noúmeno en sí mismo. La única manera de estudiarlo es a través del fenómeno, el cual no es una mera sombra, sino que es el puente de acercamiento más certero hacia el noúmeno y, más en el fondo, hacia la Realidad Transfenoménica. Por ello, es que surge la fenomenología. Del mismo modo, no es posible una "noumenología" propiamente tal, o mejor dicho, la noumenología más factible es la fenomenología.
El alcance de la fenomenología en la filosofía es apreciado por primera vez en Kant, aunque se había usado el término en ocasiones anteriores pero sin el mismo sentido. No obstante, la fenomenología alcanza su mayor exponente con Husserl. Es él quien estructura definitivamente la fenomenología y le da la importancia que posee ahora. Otros exponentes de la fenomenología son Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Max Scheler, Martin Heidegger, Edith Stein, Karol Wojtyla, entre otros.
Si bien es posible establecer una "fenomenología del Espíritu", al estilo hegeliano (o una "transfenomenología"), la fenomenología, por sí sola no puede desarrollar una filosofía metafísica. Sólo con el sustento de la Fe (que pasaría a constituir los "fenómenos" de las realidades trascendentes) se puede llegar a una "transfenomenología" sincera, que no es más que una metafísica. Aristóteles, al hablar metafísicamente, hablaba en términos "fenomenológicos", apoyado en su fe politeísta. Asimismo, Karol Wojtyla desarrolla la misma idea al ambicionar unir tomismo con fenomenología, en la llamada "escuela ética de Lublín".
Desde mi punto de vista, la fenomenología implica un modo objetivo de preguntar por el fenómeno. Entonces, si el noúmeno es el ser humano y/o sus relaciones interpersonales, este método es insuficiente, puesto que el observador debería incluirse en el noúmeno.
Ahora bien, tomemos como nuestro noúmeno un acontecimiento histórico-social. Por ejemplo, si analizamos fenomenológicamente las Revoluciones Estudiantiles tanto del 2006 como del 2008, apreciamos que el desarrollo de ambas es debida a los estudiantes. La forma de manifestación era pacífica en la mayor parte de ellos. Sólo unos pocos eran los revoltosos, y el resto, azuzado por ellos, tomaron esa actitud.
Como nuestro noúmeno son las Revoluciones, el fenómeno es aquello que percibimos de éstas. Si no fuimos testigos presenciales, nuestro fenómeno serán las noticias que observamos o leemos. Éstas nos permiten llegar a una interpretación de las revoluciones, pero nunca al noúmeno en sí mismo. En ese sentido, el fenómeno es, como ya dijimos, un puente hacia el noúmeno, pero noúmeno interpretado, no el verdadero.
Ahora, si bien el fenómeno y el noúmeno son realidades distintas, pero integrales, y consideramos estudiar al fenómeno en sí mismo, el fenómeno (como concepto) es fenómeno y noúmeno al mismo tiempo. No obstante, el fenómeno percibido (fenómeno) es distinto del fenómeno observado (noúmeno). Por lo tanto, es perfectamente posible hacer, nuevamente, la distinción entre "fenómeno" y "noúmeno", puesto que si bien son ambos "fenómenos" en su esse, son distintos para el observador. Aquí es donde surge el nombre del artículo, una analogía planteada por el profesor Charles Abello: "El ojo no puede mirarse a sí mismo".
Eso por ahora. Pronto editaré la próxima parte de mi comentario de "Jesús de Nazaret", de Benedicto XVI.
