Una nueva Evangelización
No es desconocido para nadie que el Cristianismo ha vivido épocas de persecución y épocas de tranquilidad, tiempos de martirio y tiempos de estabilidad. No obstante, pareciera que en estos tiempos actuales la Iglesia vive ciertos momentos difíciles: la figura de Cristo se está haciendo cada vez más "profana", en el sentido de que va perdiendo su connotación de Dios y se va volviendo "otra figura pública", sin ningún trasfondo religioso. Asimismo, la Iglesia vive lo que a primera vista pareciera ser una "decadencia demográfica", ya que cada vez más se va masificando el acto de apostasía. Por otro lado, somos testigos de un fenómeno llamado "crisis de vocaciones", donde pareciera que los seminarios se están quedando progresivamente con menos religiosos. Y así entre otros acontecimientos.
De buenas a primeras, se podría decir: "La Iglesia está en decadencia", "El Cristianismo va a caer", "No hay dios", como los polémicos autobuses europeos hace un tiempo atrás.
No obstante, he aquí donde debemos los cristianos discernir los "signos de los tiempos", como en el relato de san Mateo, donde el Señor reprende a los fariseos: "¡De manera que saben interpretar el aspecto del cielo, pero no los signos de los tiempos!" (cfr. Mt 16, 1-4). Así, Jesús invita (y NOS invita) a la perspicacia y a la atención constante al Reino de Dios.
De este modo, estos acontecimientos de aparente derrota o de supuesta decadencia son nuevas instancias que Dios nos da para volver a evangelizar el mundo. Estamos volviendo a la realidad de los tiempos apostólicos y de las persecuciones (las que ahora son con ideologías y sin espada, pero no por ello menos violentas), donde la Iglesia necesitaba del testimonio de los santos, quienes profesaban el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
Notemos, sin embargo, que la Iglesia aún es perseguida ahora como lo fue en los primeros siglos. Constatamos que en algunos países donde la religión cristiana es minoría, el número de mártires va en aumento. El testimonio es cada vez más necesario, tanto de palabra como de vida (y de la entrega de la vida). La santidad, que se ve tan abundante en los siglos pasados, parece ser una utopía hoy en día. Pero la invitación a ser santo es permanente, y más ahora que necesitamos dar testimonio ante un mundo que pareciera considerar cada vez menos a Dios como Dios y a los hermanos como tales. Podría haber quien piense: "Era más fácil ser santo antes que ahora, pues antes era más simple retirarse a un monasterio y rezar todo el día; pero ahora tenemos una cultura tan ruidosa...". Pero ¿es así?. De hecho, me atrevería a decir que ser santo no es ni más fácil ni más difícil ahora que antes.
Así, estos "signos de los tiempos" nos deben interpelar a la conversión y a la evangelización. Como resumen los obispos en Aparecida: "Ser discípulos-misioneros de Jesucristo". Ése es el desafío de hoy. La Iglesia necesita de cristianos que estén dispuestos a dar testimonio de Cristo, y que no tengan miedo. Todos estos acontecimientos que aparentemente derrotan a la Iglesia o a Dios son nuevas instancias de renovar el espíritu misionero y evangelizador.
De buenas a primeras, se podría decir: "La Iglesia está en decadencia", "El Cristianismo va a caer", "No hay dios", como los polémicos autobuses europeos hace un tiempo atrás.
No obstante, he aquí donde debemos los cristianos discernir los "signos de los tiempos", como en el relato de san Mateo, donde el Señor reprende a los fariseos: "¡De manera que saben interpretar el aspecto del cielo, pero no los signos de los tiempos!" (cfr. Mt 16, 1-4). Así, Jesús invita (y NOS invita) a la perspicacia y a la atención constante al Reino de Dios.
De este modo, estos acontecimientos de aparente derrota o de supuesta decadencia son nuevas instancias que Dios nos da para volver a evangelizar el mundo. Estamos volviendo a la realidad de los tiempos apostólicos y de las persecuciones (las que ahora son con ideologías y sin espada, pero no por ello menos violentas), donde la Iglesia necesitaba del testimonio de los santos, quienes profesaban el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
Notemos, sin embargo, que la Iglesia aún es perseguida ahora como lo fue en los primeros siglos. Constatamos que en algunos países donde la religión cristiana es minoría, el número de mártires va en aumento. El testimonio es cada vez más necesario, tanto de palabra como de vida (y de la entrega de la vida). La santidad, que se ve tan abundante en los siglos pasados, parece ser una utopía hoy en día. Pero la invitación a ser santo es permanente, y más ahora que necesitamos dar testimonio ante un mundo que pareciera considerar cada vez menos a Dios como Dios y a los hermanos como tales. Podría haber quien piense: "Era más fácil ser santo antes que ahora, pues antes era más simple retirarse a un monasterio y rezar todo el día; pero ahora tenemos una cultura tan ruidosa...". Pero ¿es así?. De hecho, me atrevería a decir que ser santo no es ni más fácil ni más difícil ahora que antes.
Así, estos "signos de los tiempos" nos deben interpelar a la conversión y a la evangelización. Como resumen los obispos en Aparecida: "Ser discípulos-misioneros de Jesucristo". Ése es el desafío de hoy. La Iglesia necesita de cristianos que estén dispuestos a dar testimonio de Cristo, y que no tengan miedo. Todos estos acontecimientos que aparentemente derrotan a la Iglesia o a Dios son nuevas instancias de renovar el espíritu misionero y evangelizador.
